LA INDIGNACIÓN SE APARTÓ
COMPARTILHE
2026-03-23 03:00:00
En aquel día dirás: «Cantaré a ti, Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó y me has consolado.
Isaías 12.1
Nada es mejor que alabar a Dios, quien nos creó con el propósito de que seamos Sus amigos. Debido al pecado de nuestros primeros padres en el Jardín del Edén, el hombre fue separado del Señor, pues Él estaba enojado con el pecado de Adán y Eva. Sin embargo, Jesucristo, el Hijo de Dios, vino para redimirnos y liberarnos del yugo del pecado y de la indignación divina (Isaías 53.4-6). La humanidad hoy puede volver a tener comunión con el Creador y ser bendecida por Él (S. Juan 14.6).
En el momento en que Jesús nos sustituyó en la cruz del Calvario, la indignación de Dios se apartó, pues allí Cristo sufrió el castigo por nuestras transgresiones, y el diablo perdió la batalla contra nosotros. Después de morir físicamente, el Salvador descendió al Infierno y despojó al diablo de todo el poder que tenía para someternos (Colosenses 2.15). Por lo tanto, hoy, mediante la fe en Cristo, cualquier persona puede y debe ser sanada de sus enfermedades y liberada de sus aflicciones (1 Pedro 2.24).
Al resucitar, Jesús conquistó la muerte (Hechos 2.24), para que pudiéramos alabar al Señor por Su victoria, gracia y justicia. Él acepta las alabanzas, oraciones, peticiones y determinaciones que hacemos mediante la fe que nosotros, el pueblo comprado con Su sangre, depositamos en Él (S. Marcos 11.23). Así que, regocijémonos en la presencia de Dios, porque cuando Jesús murió, el velo que nos separaba de Él se rasgó (S. Mateo 27.51), dándonos acceso a la presencia del Padre.
Gracias al sacrificio de Cristo, podemos sentir y disfrutar del amor de Dios, la principal marca de Su carácter (1 S. Juan 4.8), pues nos hemos reunido con Él (S. Juan 3.16). Este es el mensaje que debe predicarse a los que sufren, los abandonados y los afligidos. Ya no hay separación entre el hombre y Dios, siempre que crea de corazón y, por fe, confiese a Jesús como Salvador y Señor (Romanos 10.9). Su vida puede cambiar en todos los sentidos, hoy y ahora. ¡Crea!
Cuando acudimos al Señor y le pedimos Su gracia, Él nos recibe con alegría, y Su amor nos rodea como un escudo, dándonos acceso directo a Él y a las bendiciones que obtuvo Su Hijo. Todas las promesas de la Biblia pertenecen a quienes se entregan a Cristo (S. Juan 1.12). Al aprender a apropiarnos de ellas, alcanzaremos la victoria en el Señor (Romanos 8.37). ¡No dejemos de buscar lo que nos pertenece!
Si Dios ya no está enojado con usted, ¿por qué no habría de bendecirle? Por supuesto, se alegrará de verle dar testimonio y disfrutar de los dones que anhelaba, pero no sabía cómo obtener. A partir de ahora, Jesús le autoriza a buscar todo lo que promete en las Escrituras. ¡No sea tímido!
El profeta dice que, después de que la indignación se aparte, el Señor nos consolará. Por lo tanto, podemos confesar que, junto con el consuelo, también somos bendecidos con la bondad de Dios. Así pues, oremos en el nombre de Jesús, dirigiéndonos al Padre y dándole gracias por enviar a Su Hijo para rescatarnos y redimirnos. ¡Clamemos con fe y amor!
En Cristo, con amor,
R. R. Soares
La Oración de Hoy
¡Nuestro Señor y verdadero Amigo! Te glorificamos, porque hoy tenemos libre acceso a Tu casa, pues hemos sido purificados por la sangre de Jesús. Como David, ¡queremos entrar en Tus atrios para disfrutar de Tu presencia!
La indignación que nos dominaba ha sido apaciguada. Anhelamos Tu paz sobre nuestras vidas ahora y para siempre. No aceptamos las obras del maligno, porque nos alejan de Ti y nos hacen perder Tus bendiciones.
Hoy podemos estar bien Contigo, porque el sufrimiento causado por el pecado de Adán ha sido reparado. ¡Gracias por Tu consuelo! Ayúdanos a ser valientes en Jesús. ¡Solo aceptamos la libertad que hay en Ti, Padre!
