TERMINÓ CON UN DIEZ

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2026-06-15 03:00:00


Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera.

San Juan 17:4

La venida de Jesús a la Tierra tuvo múltiples propósitos. Uno de ellos fue morir y resucitar para justificarnos delante del Padre, librándonos de la culpa que pesaba sobre todos a causa del pecado de Adán (Génesis 3). Aunque Cristo nunca pecó, fue necesario Su sacrificio para que fuéramos reconciliados con el Padre y no permaneciéramos separados de Él. El Hijo de Dios vino a glorificar al Creador, consumando Su obra en la cruz. Los justificados por Él irán al Cielo (Romanos 8:30).

La mayor misión que Cristo dejó a Sus discípulos fue anunciar el Evangelio: las Buenas Nuevas de nuestra completa salvación (Romanos 5:1-2; 8:1-4). Aquellos que aceptan lo que Él hizo en el Calvario son reconciliados con el Padre y, cuando Cristo venga a buscar a Su Iglesia, vivirán donde Dios reina (1 Tesalonicenses 4:13-18) y nunca más se decepcionarán, porque en el Cielo no existe ningún mal. ¡El Señor es fiel!

El pecado nos había separado de la comunión con el Todopoderoso, pero Jesús, la propia Salvación, nos reconcilió con el Padre. Nos dio vida en el mismo momento en que le dio a Cristo (Efesios 2:5). Ahora podemos decir que el enemigo nunca más nos tendrá entre sus garras y sus males no nos harán sufrir, porque el Hijo de Dios ya padeció por nosotros. Sin embargo, no conviene pensar que ya no necesitamos leer más la Biblia ni velar y orar por estar salvos. ¡Tenemos que velar el doble! (S. Lucas 21:36).

Cuando estaba en la cruz, Jesús agonizaba, porque todos los males de la humanidad —enfermedades, dolores, transgresiones e iniquidades que tendríamos que sufrir— fueron puestos sobre Él. Las Escrituras registran ese momento: «Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: —¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (S. Juan 19:30).

Más tarde, al rendir cuentas al Padre acerca de la obra redentora, Jesús declaró que estaba consumada (Isaías 53:4-12). Todo lo que se le ordenó hacer, lo cumplió. Esa es la razón por la cual el Maestro nos llamó a ir por el mundo a predicar el Evangelio a toda criatura (S. Marcos 16:15). El Padre quedó complacido con el Hijo por haber cumplido completamente Su misión. ¡Debemos apropiarnos de esta obra!

Nuestra tarea es predicar la Buena Nueva a los perdidos, haciendo la voluntad de Dios con amor y dedicación. No hay nada que perder ni dejar de recibir. Basta con reclamar las promesas del Señor con la fe que nos es dada por Su Palabra (Romanos 10:17). Los perdidos y los enfermos necesitan aprender que pueden ser salvos, sanados y vivir libres de las maldades causadas por los espíritus malignos. ¡Somos libres!

Nada más necesita ser hecho por nosotros. Ahora debemos dedicarnos a entender lo que está disponible para todos aquellos que escuchan la Palabra del Señor. Ella dice que Jesús llevó nuestros sufrimientos, para que disfrutemos de salud y de las demás bendiciones compradas con Su sangre. Cristo es la Verdad de Dios en acción. ¡Recíbalo como su Señor y Salvador y sea salvo ahora!


En Cristo, con amor,

 

R. R. Soares



La Oración de Hoy

¡Señor de la Verdad! Es bueno poder servirte en espíritu y en verdad. Solamente por ese acto seremos salvos para siempre. Tú eres todo lo que necesitamos para vivir en Tu presencia. ¡Te agradecemos por Tu gracia!

           Queremos glorificarte cada día, llevando la Verdad, el Evangelio, a los sedientos de Tu Luz. Entonces los veremos libertos y preparados para estar Contigo en el Cielo. ¡Nuestra liberación de las fuerzas infernales fue total!

           Cada día consumamos nuestra misión. Veremos a los perdidos siendo redimidos, entregándose a Jesús, invocando Su Nombre y agradeciéndote por Tu inmenso amor. ¡Estamos agradecidos por habernos llamado para hacer el bien a todos!